Si empezaste a leer esto creyendo que ibas a encontrarte con un porrón de sentimientos escupidos en pantalla, te has equivocado de sitio, colega.
Pero bueno, que me centre, ¡hola, hooooola! Aquí va el primer saludo con voz de retarded de una larga lista de hola’s. Ya que quizá y solo quizá vayas a dedicarte a leerme de aquí en adelante, como que no viene mal presentarme: soy Evs; y a partir de ahora, también seré esa subnormal profunda que por algún motivo random ha acabado viviendo sola a tomar por saco de su casa.
Que ése es justo el motivo por el que este blog existe. Y no, que noooo, no va a ser un diario virtual, tranqui. Pero sí una burla constante repleta de consejos nefastos que yo nunca tendré en cuenta pero a lo mejor tú sí. Porque te confesaré un secreto: cuando el humor negro, las idas de olla y la mala suerte se juntaron, salí yo.
Y nada, dicho esto, aquí te va la primera dosis. Que te aproveche.
La cosa empezó allá por… septiembre. A principios. Más o menos en las fechas en los que todos empezamos algo, sean clases, sea el trabajo, o una aventura. Aquí hay al gusto de todos. Y puestos a contarlo bien, te diré que vaya mal augurio lo de llegar a Valencia y que esté cayendo el diluvio universal. Como para darse la vuelta y volverse corriendo a tu casa.
Pero don’t worry, my frieeeeeeeend. Al mal tiempo buena cara, o cara de perrete mojado. Porque la madre, salirte de tu pueblo con sol y llegar con lluvia no te da otra opción. Y ahí que con toda la lluviaza van y te dicen que aún te queda una hora de trayecto. Como si no hubieras tenido suficiente.
En fin, que cuando tocas el piso, aunque te molaría socializar, acabas rebotando en el colchón cual cadáver. Cosa que seguirás repitiendo todos los días de tu vida, que nadie te engañe.
Y redoble de tambores porque, por favor, ¿cómo voy a terminar la entrada sin soltar una retahíla de consejos sobre cómo sobrevivir en un piso sin morir en el intento?
Lo primero de todo es que tu cuarto es tu morada, forastero. Lo único verdaderamente tuyo de ese piso. Porque el resto será tan asquerosamente compartido que llegará un momento en el que hasta te olvidarás de lo que en algún momento te pertenecía.
Buenovalequeno. Que no te olvidarás de lo que era tuyo, sobre todo si era comestible. Pero, eh, lo que intento decir es que no cuesta nada aportar un granito de arena a la comunidad pisera. No dejes las cosas como no te gustaría encontrarlas, just sayin!
Escribe la lista de la compra. Sé tu propio padre o madre. Escríbela y quédate con cada condenado ticket. Ahora eres un ser pobre que tiene que hacer balance de sus gastos para saber cuánto le queda ahorrado para algo más que no sea comer y pagar el alquiler.
Y, desde luego, lo más importante: borra las marcas; repito: eres pobre. POBRE. Una criatura indefensa en un piso que para colmo no se va a recoger ni ordenar solo, así que invierte bien. Más vale variedad alimenticia que tres tristes cosas en una nevera solo porque son de marca. Ojito cuidao’.
Y tú dirás: ¿y el resto?
¡El resto viene solo, loco! En situaciones de riesgo, el ser humano aprende a sobrevivir.
O algo así.
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